Peregrinar a Tierra Santa es caminar por los mismos lugares donde Jesús vivió, predicó, entregó su vida y resucitó. Es una experiencia única en la que el Evangelio deja de ser solo Palabra para convertirse en vida, memoria y encuentro real con Dios.
El recorrido incluye los lugares más sagrados y representativos de la fe cristiana. En Jerusalén, corazón espiritual del cristianismo, el peregrino visita el Santo Sepulcro, la Vía Dolorosa, el Monte Calvario, el Monte de los Olivos y el Huerto de Getsemaní, reviviendo la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Cada paso en esta ciudad invita a contemplar el amor redentor de Jesús y a renovar la fe desde lo más profundo del corazón.
La peregrinación continúa en Belén, donde se visita la Basílica de la Natividad y la Gruta del Nacimiento, lugar que recuerda la humildad de Dios hecho hombre.
En Nazaret, el peregrino se acerca a la Basílica de la Anunciación, contemplando el sí de la Virgen María y la vida oculta de la Sagrada Familia, ejemplo de obediencia, sencillez y confianza en Dios .
En la región del Mar de Galilea, se recorren lugares fundamentales del ministerio público de Jesús como Cafarnaúm, el Monte de las Bienaventuranzas y Tabgha, donde ocurrió la multiplicación de los panes y los peces. La navegación por el lago permite un momento profundo de oración y contemplación, recordando las enseñanzas y milagros de Cristo. La experiencia culmina en el Río Jordán, donde los peregrinos renuevan sus promesas bautismales, recordando el inicio de la vida cristiana.
Esta peregrinación tiene como objetivo espiritual: profundizar en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, fortalecer la fe, renovar el compromiso bautismal y permitir que Dios toque, sane y transforme la vida del peregrino. Tierra Santa no es solo un destino: es una experiencia que marca un antes y un después, donde la fe se fortalece y el corazón se abre a un encuentro auténtico con Dios.